En la actualidad resulta común encontrar mujeres en hospitales, consultorios, laboratorios, centros de investigación y espacios de toma de decisiones en materia de salud. Sin embargo, hubo un tiempo en que esa imagen parecía impensable.
A finales del siglo XIX, cuando la medicina era considerada una profesión exclusiva para hombres, una joven mexicana decidió desafiar las normas de su época. Su nombre era Matilde Montoya.
Nacida el 14 de marzo de 1857 en la Ciudad de México, Matilde enfrentó desde temprana edad dificultades económicas derivadas de la muerte de su padre. Aquella situación la obligó a interrumpir sus estudios, pero no logró apagar su vocación.
Mientras muchas puertas se cerraban para las mujeres, ella encontró una forma de mantenerse cerca de la salud. Desde 1871 comenzó a ejercer la obstetricia en distintas ciudades del país, entre ellas Cuernavaca, Veracruz y Puebla. Cada paciente atendida y cada experiencia profesional fortalecieron su convicción de seguir estudiando.
Su paso por Puebla marcaría una etapa importante. Ingresó a la Escuela de Medicina local y posteriormente continuó su formación en la Escuela Nacional de Medicina, en la Ciudad de México. Allí enfrentó uno de los mayores obstáculos de su tiempo: los prejuicios. Para numerosos sectores de la sociedad resultaba inaceptable que una mujer aspirara a convertirse en médica.
Lejos de desistir, Matilde perseveró.
El 24 de agosto de 1887 ocurrió un hecho que cambiaría la historia de la medicina mexicana. Ante profesores, estudiantes, periodistas, miembros de la élite capitalina e incluso el presidente Porfirio Díaz, presentó su examen profesional. Al día siguiente realizó la prueba práctica en el Hospital de San Andrés.
Con ello se convirtió en la primera mujer en obtener el título de médica cirujana partera en México.
La noticia recorrió el país. Algunos celebraron el acontecimiento como una señal de progreso y una oportunidad para ampliar el papel de la mujer en la vida pública. Otros cuestionaron que una mujer ejerciera una profesión considerada ajena a su naturaleza. Matilde respondió de la mejor manera posible: con trabajo.
Tras graduarse abrió consultorios gratuitos para personas de escasos recursos y mantuvo una intensa actividad profesional y social. Participó en iniciativas educativas para mujeres trabajadoras, colaboró en publicaciones dirigidas al público femenino y promovió temas relacionados con la higiene y la salud.
Su interés por el conocimiento también la acercó a campos emergentes de la medicina. Su tesis abordó aspectos relacionados con la bacteriología, una disciplina que entonces comenzaba a transformar la comprensión de las enfermedades.
Matilde Montoya falleció el 26 de enero de 1938, pero su legado permanece vigente. Más de un siglo después, miles de mujeres mexicanas estudian medicina, realizan investigación científica, diseñan políticas públicas y lideran instituciones de salud.
La puerta que hoy parece abierta de manera natural fue empujada por mujeres como ella, que se atrevieron a cruzarla cuando nadie creía que fuera posible.



