Minou Arévalo Ramírez, José Gaspar Rodolfo Cortes Riveroll y Marisol Velasco Villa.
Palabras clave: depresión, estudiantes universitarios, salud mental.
Resumen
La depresión es un trastorno mental común que va más allá de una simple tristeza pasajera. Se caracteriza entre otros síntomas por sentimientos de tristeza profunda, pérdida de interés en actividades placenteras, cambios en el apetito y el sueño, fatiga, dificultad para concentrarse y en general, dificultades para funcionar en la vida diaria. A pesar de ser una enfermedad tratable, la depresión a menudo es subdiagnosticada y subtratada debido a diversos factores, como el estigma asociado a las enfermedades mentales y la falta de conciencia sobre la misma. Aunque la depresión puede afectar a cualquier persona, las mujeres son particularmente más vulnerables. La falta de tratamiento adecuado para la depresión puede tener consecuencias graves, tanto para el individuo como para la sociedad. Las personas con depresión tienen un mayor riesgo de desarrollar otras enfermedades crónicas, de perder su empleo, fallas en su carrera y de experimentar problemas en sus relaciones personales. Es fundamental romper el estigma asociado a la depresión y fomentar la búsqueda de ayuda profesional. Con un tratamiento adecuado, la mayoría de las personas con depresión puede recuperarse completamente y llevar una vida plena y satisfactoria.
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Todos nos sentimos tristes de vez en cuando, tenemos esa reacción emotiva ante una situación que nos genera pesar, pero la depresión es algo diferente. La depresión es una tristeza profunda y persistente acompañada de otros síntomas que afecta nuestra capacidad de disfrutar la vida. Es como si viéramos el mundo a través de un filtro gris. La depresión puede hacer que nos sintamos solos, inútiles, sin esperanza, incluso cuando estamos rodeados de personas que nos quieren. Expresado de otra manera, la depresión es una enfermedad psiquiátrica que requiere tratamiento médico; en su expresión clínica presenta cinco o más de los siguientes síntomas la mayor parte del día, de manera cotidiana: 1) estado de ánimo depresivo (tristeza, malestar o irritabilidad), indicado por el sujeto o por observación de otros; 2) marcada disminución del interés o del placer en todas o casi todas las actividades; 3) pérdida significativa de peso por disminución del apetito o bien, aumento del apetito; 4) insomnio o hipersomnia; 5) agitación o retraso psicomotor; 6) fatiga o pérdida de energía; 7) sentimientos de desvalorización, o de culpa excesiva o inapropiada; 8) menor capacidad de pensamiento y concentración, o indecisión -indicada por el sujeto o por observación de otros-; 9) por último, pensamientos recurrentes de muerte y no sólo temor de morir, con ideas suicidas recurrentes sin plan específico o bien el antecedente de un intento de suicidio o de un plan de suicidio específico. Los síntomas que más molestan a los pacientes con depresión y que puede hacerlos buscar ayuda es la dificultad para dormir, el poco apetito y el cansancio; sin embargo, al no encontrarles problemas “médicos” son despachados sin considerar la depresión como diagnóstico.
Es entonces que a pesar de que la depresión es una enfermedad frecuente y que tiene síntomas bien definidos, es difícil para una persona reconocerla, debido también a que son síntomas subjetivos con alteraciones en la manera de pensar, para los que no hay estudios de laboratorio o gabinete que “muestren” la enfermedad, o bien que los síntomas depresivos son considerados consecuencia del estrés propio del trabajo, la escuela, las relaciones interpersonales difíciles o la vida en sí misma, por lo que son considerados normales, pasajeros, o que se puede salir de ellos a voluntad, solo dejando de pensar de ese modo; o peor aún, que no exista una causa clara para estar deprimido y entonces se descalifique la sintomatología al no haber “pretexto para sentirse de ese modo”. Es por todo esto que, la depresión a menudo no es reconocida y por lo tanto no es tratada aun en entornos clínicos, ya que en ocasiones, aunque se diagnostica no se considera ni prioritaria ni urgente su atención, y es solo cuando se presenta de forma crítica y aguda (intento suicida) cuando son motivo de urgencia y derivados al especialista, lo que provoca que la atención sea inoportuna y que al ser estigmatizado como “paciente psiquiátrico”, se vayan acumulando efectos negativos en la evolución no solo del paciente, sino de la familia y la sociedad en general.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que los trastornos neuropsiquiátricos representan el 28% del total de las enfermedades y la depresión ocupa aproximadamente la tercera parte de ellas; afecta a 350 millones de personas en el mundo y advierte que una de cada cinco personas llegará a desarrollar un cuadro depresivo en la vida; la depresión afecta más a las mujeres que a los hombres y es el principal factor que contribuye al gasto por enfermedades no mortales, y la cuarta causa de días perdidos por incapacidad, pronosticando que para el año 2030 pasará a ser la primera causa de Años de Vida Ajustados por Discapacidad (AVAD).
En el peor de los casos la enfermedad puede llevar al suicidio. Cada año se registran en el planeta más de 800,000 suicidios, y lo coloca como la segunda causa de muerte en el grupo de edad entre 15 y 29 años. En Canadá, la prevalencia de depresión en la población general es de 4.7%, es decir que, 1.5 millones de canadienses arriba de los 15 años experimentaron depresión en el último año. Las mujeres tienen porcentajes mayores (4.9%) que los hombres (2.8%).
La prevalencia de depresión en México no es muy diferente de la de otros países: 4.5% de las mujeres, 2.0% de los hombres. Las personas que la padecen son más propensas a sufrir accidentes, tener ausentismos laborales con la consecuente pérdida del trabajo, ausentismo escolar con la consecuencia de fallas para avanzar en la carrera y escuela, aumento de abuso de sustancias y complicaciones más frecuentes en enfermedades crónicas. A pesar de esto, solo un 20% de las personas que padecen depresión buscan ayuda de algún tipo (en redes sociales, familiares/amigos, sacerdotes, automedicación) y de estos, solo un pequeño porcentaje busca ayuda con un médico general o ayuda profesional especializada.
El que la depresión no sea reconocida como enfermedad que deba ser tratada, contribuye a que se le estigmatice. El estigma se refiere a una actitud perjudicial atribuible a personas que tienen una enfermedad mental que puede resultar en prácticas discriminatorias, el término abarca problemas de conocimiento (ignorancia), actitud (prejuicio) y comportamiento (discriminación). El estigma y la desinformación crean conceptos erróneos sobre las enfermedades mentales, entre ellos la depresión que es atribuida a una debilidad del carácter y que puede ser solucionado sólo con que la persona así lo decida. En la población general acarrea conceptos como el que la depresión es debida a una debilidad emocional que tiene causas simples como una “mala paternidad”, que son sentimientos de culpa que pueden ser dejados de lado, que es una enfermedad incurable, consecuencia de una conducta “pecaminosa” y que es mejor evitar a las personas con depresión.
El estigma asociado a la depresión y utilizar los servicios especializados en salud mental, además de agudizar el sentimiento de desamparo y la sensación de incomprensión y sufrimiento que los pacientes deprimidos tienen, constituyen una barrera para que el paciente deprimido busque ayuda, por lo que se involucra en comportamientos inadecuados para manejar los síntomas que resultan potencialmente dañinos, como sería el consumo de alcohol, o bien, lo induce a abandonar el tratamiento en sus inicios.
En los estudiantes universitarios la depresión puede afectar significativamente el rendimiento académico por lo que no debe ser subestimada, ya que es una enfermedad que puede ser incapacitante si no es diagnosticada y tratada adecuadamente.
Si bien es cierto que la depresión puede llevar en casos graves a intentos suicidas o consumación de éste, probablemente lo más apremiante por su frecuencia son los estudiantes que tratan de sobrellevar su depresión sin buscar un tratamiento efectivo ya sea por minimizar sus síntomas y considerarlos “normales” o pasajeros, o por temor a buscar ayuda para no ser “señalados”; esto podría implicar fallas en el rendimiento académico que puede llegar incluso al abandono de los estudios. Y a la inversa, puede ocurrir que el ambiente de estrés académico universitario pueda desencadenar depresión en el estudiante, a medida que las exigencias académicas se incrementan y donde el ritmo de aprendizaje y adquisición de destrezas son situaciones de éxito o de fracaso.
La Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) cuenta con recursos para ayudar a los estudiantes a abordar problemas de salud mental como la depresión:
• Línea de Atención a Crisis Emocional teléfono: 222 243 0240, de lunes a domingo de 9 a 21 horas; pertenece al Servicio para la Comunidad Estudiantil BUAP de la Dirección de Acompañamiento Universitario.
• Apoyo psicoterapéutico con la Maestra Aida Maldonado Rivera de la Coordinación General de Atención a los Universitarios: Piso 12 torre de Gestión aida.maldonado@correo.buap.mx.
En la Academia de Psiquiatría de la Facultad de Medicina tenemos el apoyo de residentes de Psiquiatría de tercer año para otorgar atención a los estudiantes que lo solicitan; un alto porcentaje lo hacen por síntomas compatibles con depresión.
La depresión es una enfermedad real que puede tratarse. Si sientes tristeza profunda, pérdida de interés, cambios en el apetito o el sueño y dificultades para concentrarte durante más de dos semanas, es importante que hables con un profesional de la salud mental. El tratamiento adecuado puede ayudarte a recuperar tu bienestar.